Durante 23 días, los trabajadores y trabajadoras de Airbus han protagonizado una huelga dura y ejemplar. Un levantamiento que arrancó el 1 de julio en la planta de Getafe y que se extendió al resto de centros del Estado para reivindicar unas condiciones laborales dignas y defender a la plantilla de los ataques y avaricia de la patronal.
Todos los días, a las puertas de la factoría madrileña, se han celebrado asambleas masivas que han votado a mano alzada las demandas, cómo continuar la lucha y hasta cuándo aguantar. Tras la manifestación de 7.000 trabajadores hasta el centro de Getafe, la confianza en las posibilidades de arrancar un triunfo contundente a la empresa se multiplicaron. Airbus tenía un serio problema, especialmente con la decisión en asamblea de ir a la huelga indefinida a partir del 24 de agosto si no se llegaba a un acuerdo que recogiera las reivindicaciones de los huelguistas antes de que terminara julio.
Fue en ese momento, en el que la burocracia de CCOO (que se había sumado a la huelga a regañadientes para boicotear la movilización desde dentro) apareció para salvaguardar los intereses de los empresarios y llegaron un preacuerdo con Airbus. De forma unilateral, con nocturnidad y alevosía y sin respetar las decisiones de la asamblea, sin consultarlo con la plantilla ni nada de nada. Al contrario, la asamblea había sido clara: la huelga continúa porque estamos en una posición de fuerza.
A esta maniobra de los dirigentes de CCOO, se sumaron también desde SIPA y ATP. Una decisión que, como denuncian los compañeros de la CGT, es la mayor traición conocida en la historia de CASA y Airbus porque, en medio de la mayor huelga en los últimos 40 años en la empresa, han firmado un acuerdo de migajas que ya fue rechazado previamente por las asambleas.
Para tratar de vender este acuerdo como “democrático”, CCOO, SIPA y ATP junto con la empresa organizaron un referéndum farsa. Un fraude para tratar de darse un barniz "democrático" ante los trabajadores a pesar de que el acuerdo ya estaba firmado y que el referéndum no tenía legitimidad ni vinculación legal alguna. Pero ni siquiera la mayor de las traiciones puede borrar la experiencia de lucha que han significado estas jornadas de huelga, y los trabajadores volvieron a dar de nuevo una lección de dignidad obrera a quienes han vendido la lucha a cambio de la paz social: el acuerdo fue rechazado con contundencia en las votaciones.
La burocracia sindical ha llegado a un acuerdo ridículo que no revertirá la precarización gradual que ha sufrido la plantilla. Estamos hablando de una empresa que ha ganado 5.200 millones de euros netos, un incremento del 23% con respecto al año anterior, y que acaba de recibir del Banco Europeo de Inversiones 3.000 millones de euros mientras los trabajadores pierden poder adquisitivo día a día.
Se podría haber arrancado un gran triunfo, y la única responsabilidad de que no se haya conseguido esa victoria hoy es de los dirigentes sindicales vendidos que han quedado retratados ante los trabajadores y trabajadoras que han demostrado una fuerza, voluntad de lucha y determinación inquebrantables.
Como bien señalan los compañeros de la CGT: aunque hayan impuesto la desconvocatoria de la huelga desde el 24 de julio, esto no es el final de nada. La historia se sigue escribiendo y las lecciones de esta batalla son muchas.
Aunque el golpe ha sido duro y el cabreo gigantesco, la lucha de Airbus es el ejemplo del poder que tiene la clase obrera organizada en base a métodos asamblearios y democráticos y el tipo de sindicalismo que debemos defender si queremos arrancar conquistas importantes. La clase obrera siempre se vuelve a levantar y vuelve a la carga. La mejor respuesta que se puede dar a quienes hoy han clavado un puñal por la espalda a los trabajadores, es que las asambleas se mantengan para votar nuevas jornadas de lucha y un nuevo plan de movilizaciones para arrancar todo lo que se puede conseguir, que es mucho, y que no es nada que no nos pertenezca por derecho.
Que viva la lucha de Airbus. ¡Ni un paso atrás!







