El pasado sábado doce de septiembre, más de diez mil personas asistimos a la marcha en apoyo a las y los trabajadores de Airbus, colapsando los cerca de cuatro kilómetros que unen la plaza de Colón con el Ministerio de Industria. Por unas horas el paseo de la Castellana, una de las principales arterias de la zona financiera de la capital, se vio abarrotada por una marea blanca que reivindicó el fin de los abusos de la multinacional sobre sus empleados.
Junto a ellos marchamos familias, organizaciones, colectivos de la izquierda combativa, vecinos y vecinas que acudieron a mostrar su solidaridad con esta lucha. Porque, para mucha gente, se ha hecho evidente que esto va más allá de un conflicto puntual. Ha traspasado las paredes de las factorías y se ha convertido en un auténtico referente en la batalla para poner fin a décadas de precarización laboral y a la laminación continua de nuestros derechos para que los grandes empresarios sigan haciéndose de oro.
El fondo del conflicto tiene parte de responsabilidad en que se haya generado esta ola de apoyo popular, pero no es el único motivo. La forma que ha adoptado o, más bien, la que han decidido darle conscientemente las y los trabajadores ha sido otro punto fundamental. Usando las asambleas como espacio de democracia directa, donde han rechazado hasta en dos ocasiones unos acuerdos insuficientes, para decepción de la patronal y de la burocracia de los sindicatos que se han opuesto al conflicto -CCOO, SIPA, y ATP-, y han hecho todo lo que ha estado en su mano para descarrilarlo. Y de otros como UGT que, aunque han sido parte formal del comité de huelga, se han dedicado a poner palos en las ruedas desde el primer día. En este último bloque habría que añadir también al Ministerio de Industria, parte del Gobierno que se dice de izquierdas y, sin embargo, ha decidido actuar como comparsa de los patrones, cogiendo sus demandas e intentando forzar a su firma con la mayor celeridad posible. Las traiciones suelen pagarse caras y así se lo hicimos saber al finalizar la movilización, con una pitada ensordecedora frente a las puertas del Ministerio, que dejó patente el absoluto rechazo que hay a esos métodos de chantaje y de esquirolaje.
A pesar de las enormes presiones que existen, se demostró que los ánimos están muy lejos de decaer. La lucha obrera genera ese efecto: permite que, quienes hemos sido forzados a agachar la cabeza y a seguir órdenes durante años dentro de las empresas, podamos reconocernos como iguales, como parte indispensable para que el trabajo salga adelante, el verdadero motor de la producción. Te hace tomar consciencia de tu fuerza cuando estás organizado. Y la plantilla de Airbus ha tomado buena nota de ello.
El coraje, la energía y la actitud que tienen demuestran que esto va para largo. Pase lo que pase el 24 y 25 de septiembre en las votaciones para decidir si se acepta el acuerdo, el poso que ha dejado la lucha ya no se perderá. Están más unidos, más organizados y más conscientes que al inicio de la huelga. Los sindicatos que han estado en primera línea, que no han cedido a las presiones de la patronal, especialmente CGT, han ganado una gran autoridad. Mientras que los que han estado al otro lado de la barricada, han perdido muchas plumas. Es otro de los fenómenos más positivos que se generan al calor de la lucha. Las máscaras se caen, los discursos se pierden si no van acompañados de acciones coherentes que los respalden y les den un sentido.
Así que a pesar de que la huelga se haya paralizado temporalmente hasta las votaciones, ya se ha ganado mucho. Y más si se tiene en cuenta que la propuesta de acuerdo recoge algunas mejoras que Airbus se negaba a negociar hace solo unas semanas, además de haber tumbado la principal amenaza de supresión del teletrabajo. La lucha siempre se paga y los acontecimientos de Airbus lo están demostrando.







